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La calle del MOLINO

 

Es una calle llena de recuerdo y de imágenes. Durante diez años la recorrí cuando las tinieblas la cobijaban. Por ella llegaban a mi universidad, la Autónoma  de Querétaro, que ocupaba los antiguos colegios de San Ignacio de Loyola y de San Francisco Javier.

Hoy fui invitado a un acto realizado en el Patio de los Naranjos de mi vieja Alma Mater. Subí por la calle de 16 de septiembre tropezando con puestos de ambulantes, con mesero necios en que pasara a sus instalaciones a desayunar y con una río de gente que transita sin mirar ni admirar sus rededor, sin dase cuenta de su encanto.

 

 Recordé cuando los universitarios éramos dueños de esa rúa. Desde temprano circulábamos por ella, cuando el empedrado relucía por el roció mañanero, cuando el trote del percherón que arrastraba el carro de la leche de la hacienda de carretas interrumpía el silencio matinal. Era un espectáculo único, el animal resoplaba y con solemnidad trepaba con largas  zancadas la cuesta; tras de si dejaba un eco de campanillas, golpes de pesuñas u de tintineo de cristales por el choque de las botellas, eco que se perdía entre las tres del Temple de la Congregación.

 

Si el noble animal trepaba alegremente, también alegremente, bajaba en torbellino el agua por la acequia mayo, su algarabía se oía a través de las ranuras de las mal endosadas baldosas que la cubrían, por ellas se escapaba una nube de vapor que en agradable nubecilla se diluía en una discreta lluvia que rociaba las lozas de la banqueta y las contos del empedrado.

                                                                                                                                                                 

En esta calle había muy pocos negocios, si acaso estaba el de un cocinero japonés, zapatero remendón, un vendedor de coches, una miscelánea, un encuadernador y un sastre. Ahora cada puerta y aún cada ventana se ha transformado en negocio, ni siquiera se puede admirar la arquitectura del lugar pues por todas partes cuelgan letreros y mercancía sin ton ni son , en una maraña cegadora de colores y figuras, los interiores totalmente modificados, transformados en galerones. De aquellas viviendas llenas de macetas y de rizas no queda nada. Pobre  calle, en ella se ofrecen toda clase de chucherías y fritangas, ha dejado de ser una calle normal para mudarse en andador, regocijo de los turistas y molestias de los queretanos, lo que era una zona habitacional se ha convertido en una desagradable baratillo.

Las iniciales negociaciones ya no funcionan, se quedaron en el pasado. En la zapatería “El Búfalo” podía uno adquirir desde una simple agujeta, hasta un zapato de charol, desde betún, grasa, cepillos, brochas todo lo necesario para el cuidado del calzado y aun podía llevar sus maltratados zapatos a remendar y a ponerles medias suelas o completas. En el Café Tokio propiedad de Jorge Saita, podía disfrutarse un simple desayuno de café con leche acompañado con lo más ricos bizquees de la región, y dice mi amigo Alfonso, vecino del lugar, que además los huevos con chorizo tocino y los frijoles refritos eran delicioso, don Jorge tuvo dos hijos al mayor lo llamo Ysaw y a la hija Novu , vivió frente a la Congregación a su lado moraba el Sr. Refugio Barrón quien era propietario de la Ferretería Barrón ubicada en la esquina de corregidora con 16 de Septiembre.

En esa calle estuvo también la primera agencia de venta de autos Volkswagen y aunque en la casa de Lolita Pérez Bolde hubiere cuatro o cinco anexos que daban a la calle, los que usufructuaban eran tan discretos que casi siempre tenían serradas las vidrieras de sus locales. En una de ellas trabajan las hermanitas Beltrán que eran unas excepcionales costureras que sabían tejer y bordar, ellas, hacia 51 años, confeccionaron el primero vestuario de Los Cómicos de la Lengua. Había también un encuadernador y me parece que un tenedor de libros.  

La mansión de la Sra. Pérez Bolde fue donada al clero para convertirla en Obispado, ahí hábito por algún tiempo el Exmo. Obispo de Querétaro Don Alfonso Toríz Cobian. La abandonó un poco después para irse a vivir a la casa de la maestra Mac Cornik, casa que fue totalmente arrasada para construir en el terreno una mansión poco agradable el nuevo obispado. El anterior se convirtió en hotel burlando con ello la última voluntad de la Sra. Lolita Pérez Bolde.

La miscelánea era de donde Chonito Sánchez, abuelo de Secundina y pueblito Sánchez dulces del cine Plaza y creo que también del  Alameda. Por cierto que el Sastre se llamaba Andrés García y enfrente vivían Las Garduño al otro lado los Alcocer; por la rinconada habitada doña Carolina Bravo en el número 46, enfrente estaba un español que compraba 6 litros de la leche de Carretas, cerca de ella moraba doña Josefina Esquerra; por ahí estuvo la mosaiqueria del famosos Chango Ugalde, que también era dueño del cajón de ropa “Casas Mexicanas” con domicilio en la calle de Juárez. Ya frente del jardín vivía el líder de los comerciantes: don Franco Muñoz; al otro lado  la hija de los dueños de la famosa panadería la Vienesa, y más tarde mi maestro de higiene el urólogo Rodríguez; en donde hoy venden pizza funcionaba el negocio del Chino herrera: “Deportes Herrera”.

 

Su nombre original fue calle del molino y data de los tiempos en que Querétaro era un pueblo indígena. Cuando don Fernando de Tapia, el conquistador de Querétaro, le pidió al bachiller juan Sánchez de Alanís realizara el trazo de la nueva población, procedió como tablero de juego de ajedrez, por lo bien ordenado de sus manzanas y sus amplias calle, tuvo el cuidado de proporcionar agua a los solares a través de la acequia bajaba por la actual cake de 16 de Septiembre, teniendo, al descender, la fuerza suficiente para mover y  molino que ahí fue puesto y que era propiedad de los indios.

 

La presencia del molino, es un testimonio que hablar y nos dice que los indígenas supieron resolver los problemas de su pueblo. Tenían constituido un cabildo mestizo, un gobernador de su república,  un, mesón, un rastro o matadero y sus rebaños de ovejas y vacas, sus huertas sembradas con árboles frutales de castilla y algunos oriundos; en sus parcelas amen del cultivo maíz, el chile y la calabaza, producían tal cantidad de trigo que tuvieron que construir un molino.

El molino era propiedad comunal, de manera que lo administraban los funcionarios indígenas y las ganancias obtenidas servían para pagar los salarios de las autoridades, los gastos originados por el culto religioso, tales como la adquisición de flores, cera música y todos los egresos que ocasionaban las fiestas patronales. Alcanzaban  aun para sostener su hospital y cubrirlos gastos judiciales de los procesos que se veían obligados a promover para defender sus derechos territoriales.

Remataban el usufructo del molino en pública subasta quien lo adquiría tenía el derecho de explotar el mecanismo por lo años establecidos en sus cláusulas, con la prohibición de que fuera panadero, o mercader de grano, le advertían no hacer fraude en el precio y lo conminaban a tener preferencia en la molienda por el grano de los indios vecinos del lugar y no a los de paso. Con ello se lograba un buen servicio de molienda en beneficio del propio pueblo.

De ninguna manera esta calle tiene su aspecto original. El molino desapareció. En el año 1613 se establecieron, en un predio colindante, los diegiños, construyeron el templo y convento de San Antonio. En el altivo muro que resguarda la huerta del convento fue colocada una fuente dedicada al dio Neptuno, cuya tasa barroca era dividida por la barda, de manera que la mitad estaba en la huerta y la otra en la calle, por este lado la coronaba un arco triunfal neoclásico diseñado por el Arq. Tres guerras. 

En 1847 el gobernador del estado, francisco de Paula Meza, compro a los franciscanos la huerta para convertirla en el primer mercado de la ciudad, la fuente clásica pues fue coronada por el arco construido por el Arq. Tres Guerras amante de ese estilo arquitectónico.

En 1919, con motivo del centenario de la independencia, la fuente fue traslada al jardín de santa clara, donde permanece hasta ahora, el mercado fue derribado y se construyó en su lugar el monumento a doña Josefa Ortiz de Domínguez y el jardín que lleva su nombre.

Las familias que ocupaban las casas aledañas vendieron o rentaron y cambiaron de domicilio, solo dos venerable señoras han defendido el derecho de que la ciudad siga conservando su sentido habitacional, quedando como baluarte solitario ante la marejada mercantil.

Nos ha tocado ser testigos de estos cambios, sobre todo el cambio del uso suelo. Antes en el jardín de la corregidora se podía corretear la chiquillada, o pasearse en triciclo o patines m treparse a escondidillas de los polis a las briosas águilas que custodian el monumento. Ahora imposible, la plaza esta rodead e invadida por una interminable serie de restoranes, que ofrecen lo mismo y que impiden el uso original del sueño. El jardín dejo de ser eso, un espacio de entretenimiento, para convertirse en un comedor sin elegancia. 

Fuente: Lic. Roberto Servin Muñoz Cronista municipal de Querétaro
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